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Fernando García:

Música de tradición escrita chilena y mestizaje durante el siglo XX

Podemos decir que en la música chilena de tradición escrita, durante el siglo XX, hay tres momentos en que se acelera el proceso de mestizaje, de síntesis, de mezcla, de hibridación de lo europeo con lo ya reconocido como propio por la comunidad nacional.

El primero de esos momentos se desarrolla en torno a los años 20-30, coincidentemente con la Revolución mejicana y su institucionalización y el consecuente despertar, en distintos puntos de nuestra América, de movimientos indigenistas, nacionalistas.

En esos instantes había en Chile un grupo de compositores que investigaba la música mapuche, y lo descubierto lo vaciaban en algunas de sus obras musicales y en sus escritos.  Entre ellos deben ser mencionados Carlos Isamitt (1887-1974), quien se convirtió en uno de los más acérrimos defensores de la música y cultura del pueblo mapuche, con el que convivió por largos períodos.  Ello le permitió traspasar algunas de las peculiaridades de la música mapuche a muchas de sus composiciones.  [Friso araucano, 1931; Mito Araucano, 1935; Cantos araucanos, 1932; Amul püllü, 1932; Pichi pürun, 1933; etc].

La cultura mapuche también –y antes que Isamitt– empapó las creaciones del compositor Carlos Lavín (1883-1962).  Varias de sus obras son ejemplo de ello.  [Lamentaciones huilliches, 1926; Cantos de la Mahuida, 1928; Cadencias tehuelches, 1933; Mitos araucanos, 1928; Fiesta araucana, 1932; etc.].

A este primer momento de búsqueda identitaria, perteneció igualmente Pedro Humberto Allende (1885-1959).  Su principal interés se debe rastrear en la música chilena criolla, en la música chilena ya mestizada, y no en la de los pueblos originarios, que es lo valorizado por Isamitt o Lavín.  Allende tiene un grupo importante de obras con carácter “nacionalista”.  [Escenas campesinas chilenas, 1914; La voz de las calles, 1920; Paisaje chileno, 1913; Tonada sin gracia, 1926; Doce tonadas de carácter popular chileno, 1918-1922; etc].

A fines de los años 50 y en los años 60, Latinoamérica era estremecida por una conflictiva situación económico social.  En 1959 triunfó la Revolución Cubana y el enfrentamiento entre los intereses del imperio y de los pueblos del subcontinente se agudizó.  Una nueva ola de nacionalismo irrumpió en la escena artística latinoamericana y el arte regional se incorporó a esa cruzada liberadora con sus propias armas.  Fue así como en Chile se reinicia, aproximadamente 25 años después de desaparecer, ese tan fructífero acercamiento entre la música de tradición escritas y la música étnica y criolla, que habían propiciado Allende, Isamitt y otros.  Por segunda vez en el siglo los compositores de tradición escrita salieron en busca de sus raíces.  Pero ahora desean incorporarse a la lucha general que se libraba en el subcontinente.

En la década de 1950 algunas expresiones de la música ancestral andina de las I y II regiones se desplazaron hacia el sur.  También llegó el charango, la quena, la zampoña y otros instrumentos nortinos, para incorporarse y quedarse en la música popular chilena.

Apoyándose en cantos de la fiesta de la Virgen de la Tirana, Roberto Falabella (1926-1958) elaboró en 1958 sus Estudios emocionales para orquesta.  Por primera vez música de origen andino, del norte del país, pasa a ser parte de una obra sinfónica chilena. 

Dos músicos nortinos, Luis Advis (1935-2004), nacido en Iquique, y Sergio Ortega (1938-2003), nacido en Antofagasta, también incorporaron a sus creaciones la música de la zona norte de Chile.  Ambos siguieron una ruta creativa similar y ambos murieron en un mes significativo para los chilenos, Ortega en septiembre de 2003 y Advis en septiembre de este año.  Pero no sólo incorporaron la música del norte a sus composiciones, también sumaron a sus discursos las expresiones populares de otros lugares del país y de Latinoamérica.  Advis creó lo que denominó la “cantata popular”, basada estructuralmente en la cantata barroca europea, a la que viste con rasgos americanos, tanto en el lenguaje como en la organología; la Cantata “Santa María de Iquique” (1969) es la primera de esas cantatas populares.  Tales cantatas, compuestas por Advis, Ortega y otros, han creado problemas a los catalogadores de la música por su carácter híbrido.  La cantata popular es música de tradición escrita, organizada al amparo de una prestigiosa y desarrollada estructura de esa misma tradición, pero con un lenguaje nacido en la tradición oral, en que sus partes se ciñen a formas propias de la música popular y los instrumentos musicales utilizados son principalmente los que emplean los pueblos latinoamericanos.  Otros músicos siguieron las experiencias de Advis y Ortega, es el caso de Gustavo Becerra (1925) [Canciones de alta copa, 1962; Cueca larga, 1961; La araucana, 1965; Américas, 1978; Allende, 1980; Memento, 1980] e, incluso, de Juan Orrego-Salas (1919) [Un canto para Bolivar, 1981].

En esos mismos años, en la década de 1960, el compositor Ramón Campbell (1914-2000) descubrió para los chilenos y el resto del mundo la música de Isla de Pascua.  Materiales recogidos por él en la Isla le sirvieron para elaborar su Sinfonía Hotu Matu’a, estrenada en 1966, la primera obra sinfónica que emplea música de Rapanui.

A ese movimiento, que comenzó con Falabella a fines de los años 50 y que se clausuró brutalmente en septiembre de 1973, se le ha llamado la “vanguardia de los 60”.  Pretendía no sólo buscar una síntesis sonora representativa de Chile y América, también propiciaba aprovechar los avances estéticos y técnicos de la música europea, reiterando la postura que habían tenido Allende, Lavín e Isamitt en sus tiempos.  El retraso técnico-estético que vivía Chile hizo que los chilenos conocieran música de la Segunda Escuela de Viena recién en la década de 1940 y la escucharan más regularmente en la década siguiente. 

Hay que recalcar que el fuerte sentimiento latinoamericanista  de ese grupo de compositores de los años 60, los llevó a emplear con frecuencia materiales de la música popular de otros pueblos del subcontinente, incluso Celso Garrido-Lecca (1926), en algunas de sus obras, llegó a utilizar elementos sonoros de culturas prehispánicas [Elegía a Machu Picchu, 1965; Intihuatana, 1967; Antaras, 1968; etc.].

Otro factor importantísimo para la “vanguardia de los 60”  fue el ético.  Éste se evidenció desde el instante en que a las preocupaciones de los compositores se integraron los problemas que afectaban a los pueblos de América, y muchas de sus obras musicales pasaron a ser cantos de apoyo a las múltiples luchas por los cambios sociales y políticos que esos pueblos impulsaban.  León Schidlowsky (1931) escribió en el Boletín de la Asociación Nacional de Compositores, en 1966, lo siguiente:

“El arte nace del hombre y ha de volver al hombre y esta actitud implica un doble compromiso, con el arte que él hereda y con la necesidad de ampliar los horizontes técnicos de esta herencia; pero, además, implica el papel que ha de jugar el artista en la transformación de la sociedad humana”.

Es fácil imaginar, en consecuencia, que una parte importante de esa generación que se ha llamado la “vanguardia de los 60”,  haya participado muy activamente en el proceso de democratización que vivía Chile y apoyado con decisión los cambios y luchas que se desarrollaban en Latinoamérica.

Mucha música escribieron Falabella, Schidlowsky, Becerra, Maturana (1920-2003), Lefever (1926-2003), Vila (1937), Advis, Ortega, Brncic (1942), entre otros, celebrando los triunfos alcanzados o saludando las luchas de los pueblos del mundo por conquistar una sociedad más justa, libre  y solidaria.  De ahí que en los años 60 fueran duramente atacadas algunas obras de esos compositores por su “contenido político contingente”.  Era inconcebible que un compositor “docto” empleara como temática los acontecimientos sociales y políticos del siglo XX.  Se intentaba olvidar que no era la primera vez que un músico “de conservatorio” –como cualquier persona- tomaba partido en asuntos que atañen a todos.  La historia de la música está repleta de ejemplos.

* * *

Nuevamente, después de un lapso de unos 25 años, cuando nos aproximamos al segundo centenario de nuestra independencia de la corona española, se intensifica en la vida musical chilena la idea de acercar la música de tradición  escrita a la cultura popular.  Esto sería consecuencia de un proceso de  globalización conducido por quienes pretenden ignorar la diversidad cultural existente en este planeta y en estos tiempos.

Este tercer momento en que se agudiza la necesidad de encontrar una identidad propia, pone sobre la mesa de trabajo de una serie de compositores, la música de los ancestros americanos de este país.  A fines del siglo XX se redescubren los restos de las culturas de los habitantes precolombinos del Chile austral.  El compositor Guillermo Rifo (1945), en su ballet Ritual de la tierra, estrenado en mayo de 1988, emplea elementos de la cultura ona o selk’nam.  Casi contemporáneamente, Rafael Díaz (1965), a partir de informaciones musicales de los ona y de los yaganes, compone en 1988, su Requiem selk’nam.  Más tarde escribe Kewaskar, 1991, y El sur comienza en el patio de mi casa, 1996, donde emplea un canto ritual kewaskar o alacalufe.  También Jorge Springinsfeld (1953) acude a la cultura de los selk’nam en su obra escénica-musical Krá, de 2001.

Lo mapuche será también empleado por esta nueva generación de músicos  que busca su identidad americana.  Esto lo vemos en obras, por ejemplo, de Rifo, Díaz y con más frecuencia en las de Eduardo Cáceres (1955), como en Epigramas mapuches, 1991; Entrelunas, 1996, y varias más.

Dentro de este grupo de compositores hay, igualmente, referencias a la cultura andina; ejemplo de ello son los trabajos de Carlos Zamora (1968), Jorge Martínez (1953), así como de otros, y también hay alusiones a la música popular criolla, que es aprovechada en sus composiciones por Gabriel Matthey (1955) y Juan Mouras (1963), para mencionar sólo a dos.

Rapanui tampoco está ausente en la música de tradición escrita que se compone en la última década del siglo pasado y en los comienzos de éste, claro que en mucho menor medida que las fuentes americanas.  Quien se interesa, particularmente, en la música de Isla de Pascua como génesis de su creación, es el compositor Santiago Vera (1950), autor de Silogístika II, de 1991, pieza basada en tres “Ríu” -cantos tradicionales pascuenses-, entre otras obras.

Se debe destacar que en este tercer momento, al igual que en los años 20-30 y en los 60, se repite en los compositores la intención de servirse de los avances técnicos y estéticos alcanzados por la música de tradición escrita en los países el primer mundo.

En la última década del siglo XX se observa una tendencia novedosa: se genera una participación activa de los intérpretes en el proceso de hibridación musical.  El flautista Alejandro Lavanderos y sus discípulos propician la creación de obras para instrumentos americanos.  A este llamado han acudido varios compositores, como Boris Alvarado (1962), Cristián Morales (1967) y Leonardo García (1971).  En los conciertos del Ensamble Antara, conjunto de flautas diversas que dirige Lavanderos, se programan obras para quena, tarkas, zampoñas, etc., junto a otras en que participan aerófonos europeos.  Por otra parte, hace poco, la Orquesta Sinfónica de Chile estrenó, del joven compositor Christian Pérez, una pieza para dos zampoñas solistas y orquesta titulada A la espera del sereno.  Lo dicho debería abrir definitivamente el camino para el uso, en la música de tradición escrita, de los instrumentos nacidos en América, y habría que suponer, que no será necesario esperar la llegada de algún graduado en París o Nueva York, para que comience la enseñanza sistemática de la quena, el charango o el cajón, en las escuelas de música de este país.

* * *

Es interesante resaltar que en los años 20-30 y en los años de la “vanguardia de los 60”, los compositores dejaron por escrito las razones que los llevaron a usar los materiales propios de las culturas dominadas, no así los compositores de los 90; por tanto, no hay documentación directa de ellos al respecto.  Además, habría que señalar que, en las dos fases primeras, la musicología nacional estaba en manos de algunos de los mismos compositores comprometidos en el proceso; en cambio, en los años 90, los compositores dejaron las prácticas musicológicas, y los musicólogos no han estudiado el fenómeno comentado.

Se debe agregar que el proceso de mestizaje vivido por la música de tradición escrita, además de colaborar para que tal música diera pasos importantes en su evolución técnico-estética, también ayudó a que muchos chilenos fueran descubriendo sus raíces. En una primera instancia estos han reconocido como propias las culturas musicales mapuche y criolla; en la segunda etapa se incorporaron al conocimiento del público las culturas sonoras andina y pascuense, y, finalmente, se están integrando a la conciencia auditiva común, las expresiones de los pueblos del Chile austral.

Para terminar, es necesario decir que, si bien el mestizaje, la síntesis musical, es un proceso de carácter permanente, una visión de aquellos tres momentos de la historia de la música de tradición escrita chilena del siglo XX mencionados -por muy superficial que sea la mirada-, deja en evidencia cómo la intensificación del uso de informaciones sonoras gestadas en lo profundo de la sociedad americana, en concordancia con los acontecimientos socio-políticos de cada instante, han incentivado dicho proceso de síntesis, contribuyendo así a crear productos culturales, en este caso musicales, reconocibles como chilenos o, al menos, como latinoamericanos.

© 2004, Fernando García

Ponencia leída en el II Seminario “Instrumentos tradicionales - Músicas actuales”, Santiago de Chile, octubre de 2004.

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